
Siempre he creído que la aventura vivida no habita tanto en los lugares lejanos como en la mirada de quien los contempla. Pero, ¿qué ocurre cuando esa mirada se posa sobre una viñeta, sobre la tinta que dibuja una selva devorando piedras milenarias o un mapa amarillento señalando un tesoro? Ocurre la magia.
En los párrafos que siguen, me propongo guiarle por un territorio que conozco someramente a pesar de mi 50 años de experiencia y que nunca dejará de fascinarme: el del cómic de aventuras clásicas, especialmente ese caudal inagotable que brotó de la escuela franco-belga. Porque si hay un medio capaz de atrapar la esencia del peligro inminente, el misterio arqueológico y el rumor del viento en alta mar, ese es el tebeo.
Permítame que empecemos por los cimientos, por esos autores que levantaron las columnas del templo. Hablar de aventuras sin mencionar a Hergé y su inseparable Tintín sería como cartografiar el océano sin mencionar las estrellas.
Obras como Las siete bolas de cristal o El templo del sol no son meros tebeos infantiles, sino auténticas sinfonías de viaje y misterio que cualquier buscador de emociones debería conocer. A su lado, figuras como Franquin dotaron a series como Spirou y Fantasio de un pulso narrativo donde la selva, el humor y los artilugios imposibles se daban la mano.
Y qué decir de ese monumento británico levantado por Edgar P. Jacobs, Blake y Mortimer, cuya exploración de la Gran Pirámide en aquel álbum memorable sigue siendo, para quien esto escribe, la quintaesencia de la egiptología en viñetas.
Con el tiempo, el género fue adquiriendo matices, haciéndose más reflexivo sin perder un ápice de su brío. Ahí emerge la figura ineludible de Hugo Pratt y su Corto Maltés, ese marinero que navega por el Pacífico o se adentra en el Amazonas con la melancolía de quien busca no un tesoro, sino el sentido mismo de la existencia.
En otras latitudes, autores como Van Hamme demostraron que la aventura también podía vestir de traje y corbata en Largo Winch, o que Bob de Moor podía llevarnos al siglo XVI con la frescura de Cori el Grumete, devolviéndonos el olor a pólvora y madera de los galeones.
Pero no todo es romanticismo. A veces, la aventura exige barro, sangre y pólvora. Por eso dedico un espacio en esta introducción a esos títulos que prefieren el realismo más crudo. Lonesome, de Yves Swolfs, demuestra que el western y la búsqueda del tesoro pueden hermanarse con maestría.
Tramp, la obra de Kraehn y Jusseaume, captura como ninguna el aroma salobre de los puertos exóticos y la soledad del capitán mercante. Y qué viaje, el que nos regalan Berardi y Milazzo con Ken Parker, atravesando paisajes majestuosos con una humanidad a veces conmovedora, a veces brutal.
Finalmente, no podía faltar ese escalofrío que nos recorre la espalda cuando lo imposible irrumpe en la página. El mundo perdido, la criatura olvidada, la civilización que no debía ser hallada. Ahí están las intrigas de la Roma antigua en Murena, o la inabarcable saga de Thorgal, donde Rosinski y Van Hamme nos regalan, en el ciclo de Qa, uno de los viajes más fascinantes a una cultura maya reinventada. Y para los amantes de lo insólito con aire parisino, Adèle Blanc-Sec, de Tardi, nos demuestra que una momia viviente puede ser tan elegante como terrorífica.
Así que, querido lector, tiene entre sus manos no una guía al uso, sino una invitación. Una invitación a perderse en bibliotecas polvorientas, a desenterrar ídolos olvidados y a surcar mares de tinta. Le he ofrecido mi brújula personal; ahora solo falta que elija su propio rumbo.
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